Si le, no le...
(Tribuna Universitaria, 29oct07)
Cromos de mercromina en la Alamedilla, recién levantado un domingo cualquiera. Uno muy cualquiera, sin títulos nobiliarios ni fiestas ni ferias ni celebraciones de santos variados. Uno de chocolate, porras en Campoamor, castañas en el Rufino Blanco si tienes frío en las manos, si le tienes, si le, no le, si le. Uno de niño, con la fantástica habilidad que tienen los niños para no tener resaca los domingos, de sarro y cirros en el cielo y horas por delante para todas las cosas que se pueden hacer en la ciudad amarilla: correr hasta la Plaza por el Pozo de un color que rayaría la reiteración, pero que alitera en ele. Comprar una palmera en los soportales, entrar por aquella puerta en la que murió una mujer, rueguen una oración por su alma. Sentarse en el centro, comer un rato, beber a coro, dejarse un zapato escapando, quién sabe si para huir de la policía o para ser feliz. Correr para seguir las carcajadas, camino del Patio de Escuelas, al llegar a contarle a la calavera lo que está haciendo el hombre de la cornisa de enfrente, ese sí que lleva siglos pasándoselo de muerte, y tú con una rana encima.
Reírse de la duquesa, al final de la (buena) Compañía, y luego bajar muy serio al barrio chino a preguntar a una señora de aquellas, muy dignas las uñas postizas y las carreras de las medias, dónde se pueden comer unos buenos chochos en esta ciudad, que seguro que son expertas.
Parar a la hora de comer en el Cerro de San Vicente, como los primeros pobladores del lugar. Hacer el amor mientras imaginamos cómo pintar los árboles pintados para que a Ibarrola y al párroco del arrabal les dé un pasmo de narices.
Perderse en los jardines del Parador si es que llueve. Perderse entre los cafés del Parador mientras nos secamos. Jugar a reírse con los pies mojados y no pagar la cuenta hasta llegar a la calle Gibraltar. Bajarla entera en un cuento de Vacas y reconquistarla y salvarla del auténtico expolio volviéndola colonia de nuevo. Para que huela otra vez al río que anuncia en la esquina y las muñecas puedan respirar antes de dormir como verdaderas señoritas.
Volver a la facultad entre tanto y tanto y ver anochecer desde el puente de la Universidad. Follar detrás de la facultad de Farmacia, no por vicio sino para formular científicamente la solución a todos los lunes de trapo.
Escrito por el_hombre_que a las 23:11
Evolución
(Tribuna Universitaria, 22oct07)
Llevo toda la tarde mareando el ratón. Es mi última manera de buscar las respuestas. Hace tres o cuatro años hubiera salido a la calle, y hubiera terminado metiéndome en un bar a ver llover, porque es otoño, y seguro que en medio del paseo hubiese empezado a diluviar. Me gusta el agua, pero como las mujeres, prefiero la que tengo en casa porque he terminado de entender el grifo de la caliente y estoy acostumbrado a su presión. Después, uno acepta que a veces las cañerías o la caldera se estropean, son cosas que no tienen explicación ni arreglo, como los agujeros negros o las veces que se va a terminar el mundo. Tarde o temprano se terminará el mundo, dice esas veces, tarde o temprano tendrás que darme cuenta de tal o cual cosa, grita ella el día que el termostato, su termostato interior, se rompe, y entonces ya no estaré aquí.
Y no está aquí, es cierto, aunque hoy no tengo nada que lamentar especialmente, sólo que es martes, y llevo toda la tarde buscándole las vueltas al portátil como si tuviera físicamente dentro las letras que no tengo en la cabeza. Hace un par de años hubiera recurrido al deporte, a eso que los pedantes llaman footing. Quién no ha pasado esa época. Normalmente llega después de unos juegos olímpicos, muy convenientemente Carrefour ofrece el pack completo para convertirse en un despojo andante. La gente que suda no corre de verdad, y viceversa. No he visto sudar prácticamente a ningún campeón olímpico, siempre parece que lo que chorrean es el agua que les arroja algún sedentario aficionado desde la grada o la cuneta. Luego están los futbolistas, esos sí que sudan, pero el fútbol nunca me ha parecido un deporte que merezca la pena. Hace un par de años hubiera salido a correr, porque para montar un partido de baloncesto digno hacen falta más amigos de los que me quedan, y hubiera quedado sudorosamente en ridículo durante un par de vueltas a la manzana. A veces funcionaba y luego escribía dios es un oso hormiguero y versos parecidos.
Pero no, hoy he estado mareando el ratón, he visitado las webs de todas las empresas para las que he tenido que trabajar por mi incapacidad de ganarme la vida como escritor y he terminado dejándolo para mañana. Y me he acostado pensando que al principio, hace ya demasiado, quizá diez años, hubiera terminado masturbándome para pasar el trago.
La evolución es un estúpido perro que persigue su propia cola.
Escrito por el_hombre_que a las 19:14
Los países carenciales
(Tribuna Universitaria, 15oct07)
― Han vuelto los países carenciales para colonizarnos con su otoño ― digo, en el momento en que alcanzo la ventana ―. Las gotas se amontonan una detrás de otra contra el cristal, con violencia líquida tratando de huir de la lluvia y del frío de la calle. Los paraguas, debajo, se ven desde aquí como islas, cubiertas de agua por todos tus suspiros. Se mueven acompasados, como expertos que aprendieron hace tiempo la coreografía que marcan los semáforos. Puedo ver un par de agujeros negros cuando me desvío de tus desvaríos, puedo ver un par de agujeros negros mojándose desde aquí, pero el resto son entrenados paraguas bailarines, que se mueven bajo nuestros pies, porque los edificios de varios pisos y la arquitectura industrial y el metacrilato y ya sabes.
» Pronto habremos aprendido a amar el hielo, cuando toda esta humedad se nos cuele entre las sábanas, cuando no haya más remedio que despertar el dique y abrir las lágrimas a este otoño nuevo ― pitillo, calada, calada, sales de la cama, tus uñas en mi espalda ―. Ya verás, aprenderás a olvidar de todos mis cigarrillos y todos mis tumores malignos podrán esperar hasta que tengas suficientes ganas de pensar en ellos. Además, tengo suficiente otoño en los pulmones para que no quepa ninguna otra mierda. Aprenderás a convivir con los pies mojados y las manos frías y el resto de países carenciales: el sol menos, las horas de la tarde que son horas de la tarde y no horas de la noche, como están empezando a ser ahora, como si las horas estuvieran acercándose a un banco de arenas movedizas que terminará de teñirlas de negro. Los vagabundos muertos, las historias de amor que caen de los árboles y alguien, descuidado, pisa en el suelo, mis frutas favoritas amenazadas por el moho, y los paraguas.
» Los paraguas acuden al octubre como los policías los accidentes de tráfico: no lo traen, pero se van con él ― vuelves a las sábanas, aunque tus uñas sigan marcadas cerca de la columna vertebral. Me miras. ― Hay demasiados superhéroes tratando de salvar el mundo ― dices de repente ― y también demasiada filosofía ya como para que desgastes tu lengua lejos de mis piernas.
Escrito por el_hombre_que a las 19:37
La vida suave versus
(Tribuna Universitaria, 08oct07)
Para Javi H. Delgado: #8 del #7
La vida mancha por el centro y corta por los extremos. Las canciones siempre suenan mejor en los coches que van más deprisa, las estrellas siempre viajan en coches que van más deprisa y además con rubias y además con vida y otras drogas para ir cortando mientras hacen canciones que dedican a otros seres igual de veloces. Mientras el resto miran mientras pierden partidos cuando perder no es más que ir dejando los trastos sucios en la parte de atrás de un utilitario demasiado pequeño. Mientras para el resto ellos son ellos y no somos nosotros, mientras todo sigue siendo todo lo demás.
La vida muere por el centro y muerde por los lados, pero cuando te pegan te preguntas si no será mejor dejarse un par de costillas en la esquina que perder a los puntos en el centro del cuadrilátero. Allí donde las zanahorias están demasiado lejos, y tienen forma de cero. Allí, junto a esos teléfonos de los hospitales que pasan la noche sonando sin que nadie los descuelgue. Pasar la noche sonando, pasar la vida sonado, aparecer en medio de una autopista de cuatro carriles por cada sentido. Todo tiene el mismo olor en los alrededores del núcleo.
La vida pasa por el medio y pasa en los ángulos. Los edificios más bajos son más bajos si se ven desde las terrazas de los rascacielos. Y los hombres, abajo, más pequeños todavía, jugando como las hormigas a jugar que juegan la vida que araña, la que duele en los finales y deja en los descansos la lengua llena de anestesia. La que hace olvidar los caramelos si no son el último, por eso olvidamos los bares si no son el último. Por eso el octavo podría estar en el lugar del sexto, y nadie dejaría de mirar hacia otro lado aunque así fuera.
La vida que mancha por el centro y corta por los extremos es la misma en la que se prefiere el sabor de la sangre caliente antes de morir en una lavadora cualquiera. La vida se elige entre la vida suave de las maneras y el miedo. Entre la vida suave por el cielo y probar con el incendio.
Escrito por el_hombre_que a las 20:23